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EN ESTA OPORTUNIDAD, el doctor Luis Delgado-Aparicio se sale del formato. Ya no se trata de uno de sus sesudos y sabrosos artículos a los que nos tiene acostumbrados, sino de un ensayo producto de la investigación que siempre ha caracterizado a su propuesta. Bajo la huella de los maestros Alejo Carpentier y Fernando Ortiz, dos eminencias del estudio negrista en América Latina, el conductor del recordado programa Maestra Vida nos ofrece la primera parte de un trabajo que nos conecta directamente con los antecedentes de la música que nos apasiona, con una historia que jamás debemos olvidar, "La Música Patogénica en el Trabajo".

LA MÚSICA PATOGÉNICA EN EL TRABAJO

Por: Luis Delgado Aparicio-Porta

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En el año de 1441 diez nativos del Norte de Guinea le fueron ofrecidos al rey de Portugal, Enrique el Navegante, por un súbdito Antón Goncálvez obsequiándoselos como una mera curiosidad. Con el descubrimiento de nuestro continente, se oficializó con la venia de Carlos V en 1518, el abominable negocio de la trata, uno de los hechos históricos que avergüenzan a la humanidad. El Caribe fue la puerta de entrada al Nuevo Mundo, encontrándose todo esto documentado en el Catálogo de Pasajeros a Indias de la Casa de Contrataciones de Sevilla.

 

Hacinados, famélicos y aterrados por la peste se ha determinado que millones de ellos, durante tres siglos, fueron traídos de la sábana occidental del África y embarcados desde Senegambia (Mauritania), Costa de Oro (Dahomey) y La Ensenada de Benín (Vieja Calabar) hacia América. Se les consideró como homúnculos tratándose inicialmente de deculturarlos.  El 52% fue a la Hispaniola, Cuba y Jamaica, 38% a Brasil y 10% a América del Norte.

 

Carabelas de Cristobal Colón

 

Provenían del Calabar donde se origina la etnia Carabalí, hoy Camerún; del Congo de Angola de donde proceden la Palo Mayombe y del recodo del Río Níger en el Arco del Golfo de Guinea, cuna de los Yorubas. Ellos descendían de los Phoenacios que eran cercanos a los egipcios y que a su vez fueron conquistados por los romanos, creando lo que es conocido como los reinos de Marruecos, Trípoli, Gabón y otros que utilizaban esclavos para cultivar sus tierras. La Royal African Company, así como contrabandistas portugueses, holandeses y españoles, se encargaban de traerlos en galeones, carabelas y bergantines, que carenaban en Las Antillas con su cargamento de ébano, la mano de obra para las plantaciones y  que después adoptarían el nombre de Ingenios. Según Paul E. Lovejoy Transformations in Slavery (Cambridge,1983, página 19) la exportación de esclavos desde Africa a las Costas Atlánticas, entre 1450 y 1880  fue de 11’698,000.

 

Su único equipaje consistía en la religión y su música. Respecto al primero, el negro conservó su costumbre de antropomorfizar a la naturaleza y para que los mayorales les permitieran adorar a sus “deidades”, ellos camuflaron sus dioses (orishas) en la Iconolatría Católica – sincretismo religioso – que se conoce como Santería, regla de Ochá o Culto Lucumí de los Santos según Migene González – Wipler. En su muy versado estudio el profesor Julio Díaz Cortez explica: “Ochá en Lucumí significa Santo, pero en Haití la palabra se convierte en Loa y su práctica como Vudú; en Brasil es Macún y la religión es Macumba. En otras regiones del Caribe le llaman Candomblé”.

 

En el nuevo suelo tanto el ladino como el bozal, perseveraron en desarrollar su música, logrando que a través del baile denominado “calenda” y originalmente prohibido por ser lascivo, de los simbolismos y las funciones, su musa, la “Terpsícore Negra”,  fue fuente principal de trabajo, y alimento para el espíritu. En el Caribe, antes que el verbo estuvo el ritmo y el movimiento. Los instrumentos musicales que ellos confeccionaron en el nuevo suelo eran igual que sus patrones originales. Estos se encuentran dentro de la clasificación universal de aerófonos, cordófanos, idiófonos  y especialmente los membranófonos, siendo sus diversos tambores el medio de comunicación que nos remontan a 40,000 años atrás. Con el Homo Musicus, se perfilan las primeras expresiones musicales asociadas a un hecho colectivo como parte de una cotidianeidad.

 

Terpsícore Negra

 

En las faenas diarias, los mayorales eran implacables en la vigilancia para el cumplimiento de las labores manuales. Como estudió con prolijidad Don Manuel Moreno Fraginals: “subsistieron en los ingenios una extraña mezcla de trabajo asalariado y esclavo. En cierta forma podemos afirmar que no hay sucesión de una forma a otra de trabajo: Lo que existe es yuxtaposición, simultaneidad de ambas formas dentro de la misma manufactura”.  Desarrollado el mercado de brazos y el hombre como equipo, en los albores del siglo XVIII, los campos esclavistas fueron siempre organismos sociales deformes. Estos “jamás constituyeron una entidad social nacida y desarrollada orgánicamente, ni llegaron por un acto volitivo de sus pobladores”.

 

La  contraprestación  por el trabajo se denominaba Funché (comida), Esquifacción (vestido) y Barracón (vivienda). El alimento se entregaba semanalmente y eran diferente las cantidades en razón del servicio. Trabajaban infatigablemente 12 horas diarias incluido los domingos durante la Zafra. Se ha determinado que en las pausas del corte, los esclavos pelaban cañas y las mascaban para sorber su azúcar. Al regresar del campo “entraban por la casa de calderas y metían sus jícaras en los bombones rebosados de guarapo caliente, antes de dirigirse a la cocina”.

 

El punto de quiebre llegó desde América del Sur. Los movimientos abolicionistas cobraron su auge en el siglo siguiente. Se impuso a los terratenientes y a los propietarios urbanos una evolución gradual de la esclavitud hacia una futura emancipación. Así, se dio en 1823 en Chile; 1829 en Méjico; 1851 en Ecuador y Colombia; 1853 en Argentina y por el Decreto de Huancayo el 3 de diciembre de 1854 se abolió la esclavitud en el Perú. Después en 1863 se decretó la misma en los Estados Unidos y en el Caribe a fin de siglo.

 

A comienzos del siguiente, don Fernando Ortiz, la máxima autoridad del negrismo, publicó con prólogo del profesor en Turín, Don César Lombroso (1905) Los Negros Brujos, un compendio de la mala vida y la brujería. Los actores, después de haber pasado por un proceso de transculturación, herencia de tres siglos, fueron manumitidos. Indesligable de las vivencias laborales la etnia cantaba dándose ánimo en el trabajo. Así es fundamental lo que éste señala:  que “la sangre llama, aludiendo generalmente a la estimulación de unos supuestos glóbulos negros que al percibir los ritmos danzarios se precipitan en la circulación sanguínea y cosquillean los músculos hasta arrastrarlos al movimiento”.

 

Negros en Ceremonia Yoruba

 

Esto nos lleva obligatoriamente a recoger el concepto de La Historia de la Danza de Curt Sachs (Londres 1938) cuando magistralmente define que la música danzaria es más emotiva que la cantable. Distingue “la música patogénica como brotada de las emociones, que tiende a la motricidad, a la división de los sonidos y a la danza, contraria a la logogénica que surge de la expresividad del lenguaje y tiende a la multiplicación de sonoridades al canto y a la audición reflexiva. Por ello, la música negra es en su definición extraversa para la acción y el baile, mientras que la blanca es intraversa para la reflexión y el análisis. En ésta se pasa el tiempo; en aquella se aprovecha. Aquí reposa la riqueza seminal de la alegría de la música del Trópico.

 

Para terminar quisiéramos decir, que es recién en las últimas décadas donde este género ha logrado su mayor difusión, habiéndose el mundo africanizado musicalmente hablando. Fue Emil Faure en sus Tres Gotas de Sangre (Paris 1929) quien estableció que una pizca de sangre de negros en un lago de sangre de blancos, bastaba para darle el gérmen de las cadencias decisivas. Sostengo que la música negra es una batería percusiva, principalmente, bajo el dominio de los cueros, hoy ha invadido los ritmos populares en lo que puede ser “la metáfora del café con leche” y donde desde la contradanza al danzón y toda su prolífica descendencia afrolatinocaribeñoamericana, se ha metido, cual alfil festivo, en todos los ambientes. En la Africanía de la Música de Cuba hace cincuenta años, don Fernando Ortiz sentenció “con mengua de picardía y aumento de tolerancia, los bailes de la gente de escaleras abajo van subiendo los peldaños sociales hasta penetrar en los salones y compartir los esparcimientos de las gentes de escaleras arriba. Los bailes de la oclocracia de los barracones treparon hasta la aristocracia de las mansiones”. Así, el trabajo en la música y su disfusión, es fuente de importantes ingresos en los países dentro del triángulo de las Bermudas.

 

 

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