Los Mundialistas fue un local de baile y epicentro auroral de la salsa en el Per√ļ. Y el maestro Villena estuvo ah√≠, soplando su trompeta para felicidad de los amantes de la vida, o sea de la salsa. Aquellos tiempos son recordados por el poeta y cronista Eloy J√°uregui en la siguiente cr√≥nica, publicada anteriormente en nuestra web, y ahora reproducida con las debidas autorizaciones. Beto Villena fue un terco luchador de la salsa. Desde el principio y hasta el final. Que dios lo tenga en la gloria.

 

 

LOS MUNDIALISTAS


¬°La noche que se soltaron los caballos!

 

Por: Eloy J√°uregui Coronado

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El sals√≥dromo fue la instituci√≥n para los cuerpos ardorosos. Y la salsa se posesion√≥ del sentimiento de los peruanos. Y en un principio del Callao y luego de Lima. El cabaret que se hizo carne para congregar a los amantes del desenfreno. Se cuenta las tribulaciones de un lime√Īo anonadado por el cielo de tambores, de un joven al descubrimiento de los vericuetos del ritmo y el laberinto del sexo. Con los ojos erectos, leamos su incontinente m√ļsica.

La bacteria del ritmo. Eso precisamente me atac√≥ como la fiebre amarilla, m√°s caribe√Īa que asi√°tica, como la malaria antes de ser maleado. Yo, p√°lido como una ocopa en medio de un mar de espinillas, ahogado por los trombones y trompetas, n√°ufrago en la jungla de los tambores. Y encarcelado por el terciopelo de la noche, un puro p√ļber en el blanco de la rumba. Entonces a uno le crec√≠an los primeros pelos en la molleja, el bajo vientre y la huasamandrapa. Entonces uno era feliz, fibroso como la yuca, un torete suelto entre las mesas de la virginal arrechura y la ortograf√≠a del pecado y el pescao.

Carlos Loza, un Nobel de la rumba y con zapatos amarillos, me dijo: "si no bailas, te bailan". Ten√≠a raz√≥n el profeta, esteta de las guarachas, oyente de Don Am√©rico y sus caribes, de El cuarteto Jim√©nez y la agrupaci√≥n de Eduardo Armani. En Los Mundialistas -un garaje adaptado a restaurant danzant, en la √ļltima cuadra de la avenida Grau, pasando el hospital Dos de Mayo, y a la vuelta de mi t√≠a Peta-, de noche era el templo de las profanaciones.

 

Beto Villena

Beto Villena tocó en Los Mundialistas.

 

Y se llamaba as√≠ y no as√°, porque su primer propietario era Orlando La Torre, un futbolista que jug√≥ en el mundial de M√©xico 70, y al principio los shows eran de m√ļsica criolla, y boleros, y orquesta para bailar suavecito. Pero llegaron los chalacos -el swing tiene alma marina- y la simbiosis dio por hijo un extra√Īo vivir y respirar aputamadrado. Cholo con zambo y una pizca de chino. Eran los reyes del achoramiento, un silletazo con patada a la luna y mor√≠a el payaso. Antes, el gran trompeta peruano, Betto Villena, cuadr√≥ in√©ditamente un toque de salsa acompa√Īado de un grupo a la manera neoyorquina con un mensaje propio, tajo del Bronx y la esquina puertorrique√Īa y borracha. Luego se apoder√≥ del recinto El Combo Loza, una formaci√≥n salsera ortodoxa, del rico "llauca": dos trompetas, dos trombones, bajo, tres cubano, conga, bombo y timbales, m√°s tres cantantes y un animador que se parec√≠a mi pap√°, don Peter Mac Donald, hombre del pelo, natural de Chincha.

Llegu√©. Llegamos. El piso de losetas, las paredes forradas con retratos de futbolistas, las luces amarillas y azules, las mesas de f√≥rmica, la barra y el escenario. Nadie se explicaba qu√© demonios ten√≠a aquel lugar que hac√≠a a las mujeres extremadamente nalgudas, qu√© diablos trastornaba y las hacia nalguear como ninguna [cf. E.E. Pizarro La carne es para morder p. 167: ¬ęcarne mollar que ocupa todo el espacio intermedio entre el fin del espinazo y el nacimiento de los muslos. Muelle y acogedoras, aposento para caerse jam√°s muerto¬Ľ]. Llegu√©. Llegamos. Bailaban tres parejas y una bailaba mejor. Llegamos unos y salieron definitivamente otros. Armando Cruzado pidi√≥ la primera cerveza.

Estaba igualito Lucho Delgado Aparicio. También bailaba, pero bailaba como un príncipe. Un Tarzán rumbero en la selva del sentimiento y el feeling. Un Nureyev --con traje italiano-- del trópico. Nadie se acercaba a su mesa. Era un personaje. Allí, elegantísimo, romántico y correcto, siempre rodeado de bellezas, siempre en el gesto preciso. Entonces descubrí el encanto de la palabra "caché". Entonces descubrí el otro rostro de la salsa, no esa de los seres culebrones, sino la de aquellos comunes mortales en la decisiva danza decente de la vida.

 

Tres mujeres me pegaban contra el techo, me daban de alma, me amotinaban. Soledad, cajera de piel blanca y ojos tourbillons --carne blanca, m√°s que sea de hombre--, Soledad y sus hermanas: Piedad y Caridad. O eran Caridad y Piedad, sintetizaba en la hermana Soledad. A Soledad la conoc√≠ mientras Vit√≠n Esquivel cantaba ¬ęUn pa√Īuelo y una flor¬Ľ. La conoc√≠ de los pechos para arriba. Es que siempre estaba sentada tras la barra. De los pechos para abajo era un misterio. En todo caso, yo hablaba con la mujer decapitada de los pechos para arriba. Casi un busto, su busto y su testa. Ella no iba a perder la cabeza por mi amor. Yo iba a perder el resto del cuerpo si no apuraba la cosa.

 

Beto Villena acompa√Īando a Camilo Azuquita.


Un domingo, despu√©s del hip√≥dromo --entonces era un jugador jugado siempre a plac√© por el placer [el orgasmo del que llega segundo y no √ļltimo]-- me inflam√© en la salsa del valor: por esos a√Īos el ron de quemar era mi perdici√≥n, un pir√≥mano a mano con el drag√≥n que me habitaba. "Y pensar que en mi vida fuiste flama" y me dije: "Intruso coraz√≥n, d√©jala quererla". Ella no contest√≥, apenas me mostr√≥ la factura de mi cuenta pero yo sent√≠ que me estaba diciendo: "¬Ņle has pedido permiso a tu mam√°?". Era verdad, los 18 a√Īos no lo hacen a uno un "rech√ļ". Yo me cre√≠a un "rech√ļ" y no era un "rech√ļ". Entonces el bolero termin√≥ por liquidarme. "Yo no s√© para qu√©, para qu√© son esos plazos traicioneros".

El show empezaba los viernes a las once de la noche. Llegaba la orquesta que dirig√≠a el maestro Carlos Nunura con Oscar "Pit√≠n" S√°nchez, que reci√©n hab√≠a llegado de Nueva York. Aparec√≠an primero los pitucos, muertos de espanto con sus muchachitas m√°s j√≥venes y m√°s enamoradas. Despu√©s entraban los de la PIP con trajes de PIP y modales de PIP. Luego los faites y las marocas, al rato ingresaban los cafichos y sus nenas. M√°s tarde los maricas y los bancarios y las pamperas. Despu√©s los se√Īores y la pulenter√≠a. Entonces se armaba el rumb√≥n, y la jarana y el king y la vaina ¬ŅQue qu√© cosa era la vaina? Eso, la coca, damas y caballeros ¬°Y a gozar que el mundo se va a acabar!

Con el tiempo me hice de conocidos, de gente mayor, conocidos todos en la jalea del vivir. "El Pato" Ord√≥√Īez, el timbalero, Nicasio Macario, el bongocero, Willy Porras notable polic√≠a plantado. Jorge Eduardo bancay√°n, el presentador, Jorge Ver√°stegui, hoy el mejor fot√≥grafo de Lima. Y nuestra mesa se llenaba de cervezas como todas. Y se arrancaba la orquesta y nos arranc√°bamos nosotros en busca de la presa, femmes famosas de la noche, jam√°s fatales. Y su alegr√≠a era nuestro anclaje en su piel de higo lustroso por las grasas del deseo.

El show terminaba reci√©n el lunes por la ma√Īana. As√≠ termin√°bamos en la cizalla de la resaca. As√≠, los cuerpos se desahogaban en la s√°bana de la rumba. Pero eran tiempos del caldo de gallina negra, de los seviches en las cantinas de la Av. Iquitos. Hab√≠a que trabajar y escuchar los discos de ese flaco incre√≠ble, el H√©ctor Lavoe, escucharlo para cauterizar el alma. Hab√≠a que preparar los zapatos macarios para el pr√≥ximo viernes. Y otra vez Soledad. "Hola Soledad" de Rolando La Serie. Y buenas noches Soledad. Y mozo, s√≠rvame en la copa rota y que quiero sangrar gota a gota el veneno de su amor. En Los Mundialistas uno se hizo de fierro, por lo de la chaveta y el rev√≥lver. Y la bronca nos tatu√≥ como las congas de Ray Barretto, el indestructible.

 

Beto Villena acompa√Īando a Adalberto Santiago

La Orquesta de Beto Villena acompa√Īando a Adalberto Santiago.

 

Pero una noche la saqu√© a la pista, no de la calle sino del baile. Fue un descubrimiento, una revelaci√≥n. Era divina del busto para abajo. Cuando danzaba, su cintura -el resorte de la lujuria- evolucionaba como yo me engolosinaba. Su talle, sus caderas, el correcto equilibrio de la belleza salvaje. Aquellas caderas al ritmo libidinoso de "Un verano en Nueva York". Y las piernas suicidadas en sus zapatos de taco aguja y sin tal√≥n, y sus medias con raya atr√°s, dos bastiones bajo el p√≥rtico de las delicias. Soledad acompa√Īada. Soledad para el oscuro mensaje de la sangre. Entonces, susurr√© en su o√≠do: "¬ŅSabes preparar arroz zambito?". "S√≠ -dijo ella como una madre de pecho- y muchas, y muchas cosas m√°s", agreg√≥ Gregar√≠a para el resto, sola para mi solita.

Que si esto es escandaloso, es más vergonzoso no saber amar, dice otro bolero, pero esa es harina de otra rockola. Lo cierto es que en Los Mundialistas, vi desfilar las humanidades más increíbles y maravillosas de esta ciudad. No está más Los Mundialistas, el toque de queda de los militares lo acabó reduciendo a un remalazo de melancolía. Era difícil seguirle el ritmo porque era auténtico. Y hablo de Los Mundialistas virginal, el macho, el del negro "Tomate" y el cholo "Caminito de Huancayo", antes que lo invadieran los "progres", aquellos intelectuales que una noche salieron corriendo porque Herculano Soto sacó la pistola e hizo tiro al blanco con un negro. La salsa, ladies and gentleman, puede ser ética, moral o filosófica. La salsa la puede interpretar el Grupo Niche para que la goce el propio Nietzsché. La vive este servidor para que nadie le quite lo bailao.

 

 

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