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FANIA ALL STARS


La leyenda está viva


Eloy Jáuregui Coronado (*)

 


El siguiente texto es un fragmento de mi libro “Pa’ bravo yo. La historia de la Salsa en el Perú”, que aparecerá en julio. Es un escrito condensado de ese gran capítulo que se llama Fania All Stars, la más grande organización musical de nuestro continente. Se publica gracias a la admiración que siento por la tarea difusora de Enrique Vigil Taboada, líder del consorcio “Mambo-inn” en todas sus expresiones y a propósito de la llegada de la Fania al Perú.

Para Luis Rospigliosi Carranza

 

En aquel tiempo, numerosas culturas que poblaban el mundo, aceptaban que el sétimo día fue aquel en que Dios creó la música. Es decir, diseñada la tierra a la perfección, el Creador supo que a su maravilla terrenal le faltaba un sonido que armonice y reanime el alma humana. Así, la música no fue más que aquella manifestación sensual que comunicaba a los seres y los emocionaba en extremo. No obstante, se reconoce que no es hasta el día siguiente que propuso Dios: hágase la alegría. Y ésta no hizo otra cosa que obligar al júbilo del cuerpo, es decir, a ponerlos a danzar a todos contra todos. Ese y no otro fue el momento en que se inventó el germen de las melodías y los ritmos en medio de un diluvio de la más perfecta sabrosura.

 

Louis García, Adalberto Santiago, Ismael Quintana, Ismael Miranda

y Cheo Feliciano.

 

Existe el mestizaje como existe la fusión musical. Lo de Cuba tiene la misma intensidad en islas como Puerto Rico y República Dominicana. De ahí que la mayoría de términos en el plano de los aires bailables son semejantes aunque guardan características propias. Es pues el tráfico de esclavos y de bienes en el Caribe, aquel fenómeno que permite también que circulen las músicas criollas que se van formando en distintos países. Cuba exporta algunos de los ritmos de origen africanos y éstos se van enriqueciendo paradójicamente en ambientes marginales y mulatos de las costas Caribes. De esta manera, la música criolla en Puerto Rico es esencialmente ecléctica y abigarrada. Por eso, también, es única. Se dice que en Puerto Rico «hasta las piedras cantan» y no les falta razón. Géneros como la Bomba, la Plena y el Aguinaldo enriquecen la tradición borinqueña y permite el surgimiento de grandes compositores. Rafael Hernández y Pedro Flores, son el mejor ejemplo en la primera mitad del siglo XX y Tite Curet Alonso y Johnny Ortiz son sus pares de final de ese siglo que permitieron por osmosis la aparición de cantantes como Daniel Santos, Tito Rodríguez, Héctor Lavoe y Cheo Feliciano. De ellos, los peruanos descubrimos su sabrosura y admiramos su cadencia callejera, casi desde su origen.

 

La Salsa tuvo un brillante pasado en nuestras costas. Desde los cincuenta, Lima bailaba con la Swing Makers Band, la banda de los hermanos Mori, la Orquesta de Las Américas de Carlos Pickling, la Orquesta Récord, la Orquesta La Rosa Hermanos, la Orquesta de Laureano Martínez, las bandas de Lucho Macedo y la de su hermano Hugo y Los Mulatos del Caribe, organizaciones que competían sin cuartel con las de los argentinos Freddy Roland (que vino al Perú con Pérez Prado), Domingo Rullo y Enrique Lynch. El sello Sono Radio que dirigía don Mario Cavagnaro (autor del bolero “Emborráchame de Amor” que cantó Héctor Lavoe) que a su vez tenía a su Sonora Sensación, contrató a la orquesta La Perfecta del panameño Armando Boza y luego al cubano Charles Rodríguez. Otros sellos como El Virrey auspició a la Sonora de Ñico Estrada, discos MAG puso de moda a la Sonora Capri y a la Sonora Callao, todas éstas, por supuesto, con el formato cubano que imponía la Sonora Matancera.

 

Pero existieron otras orquestas, combos que les decían, que tocaban como las bandas puertorriqueñas y/o cubanas. Ese era el caso de Papo Meléndez, el de Papo y su Combo Sabroso, ducho en el Boogaloo y la Plena. Mario Allison era otro extraño del ritmo. Pero sin duda, el conjunto Camaguey de don Reynaldo Menacho, con una mixtura de Son y Bomba, descubrió las venas abiertas del gozo peruano y hoy sigue en actividad con la conducción de su hijo Adolfo. Luego en los setenta, habría que añadir a la puja a las pequeñas bandas de Pedro Miguel y sus Maracaibos y al grupo Cumpay Quinto, amén de la banda de Félix Martínez «El Chévere». Es decir, al nombrar las orquestas más importantes --las de las ligas mayores--, quiero decir que había otras más, que tenían su circuito cerrado –Los Hermanos Silva, por ejemplo— y otros conjuntos que tocaban en cuanto matrimonio o actividad social lo requería. Para los limeños, las fiestas sólo valían la pena si había orquesta de por medio y las radiolas o el karaoke bien podían esperar su turno. Así, había una cultura de fiesta y una institución: la orquesta.

 

"Pa' Bravo Yo", el primer libro sobre la Salsa en el Perú.

 

En los setentas, cuando aparecieron en los EE. UU. los primeros discos de los sellos Alegre, Tico y luego, de Fania, obligó a que hasta en la radio haya espacios dedicados exclusivamente a la llamada «salsa dura». El primero, sin duda, aquel que dirigía el promotor Alberto Maraví, luego El hit Parade Latino de Jorge Eduardo Bancayán en Radio Libertad y quien sería maestro de ceremonia del primer “salsódromo” limeño: “Los Munidalistas”. Radio Libertad fue la emisora que año antes había impuesto a una orquestica cubana que había revolucionado el movimiento de las caderas nacionales y, que tuvo como conductores a Fernando Rubio, a Víctor Montero –autor de un notable libro Ahí llega la Sonora y a Javier Chávez, el espacio se llamaba: Ritmo y Sabor con la Sonora Matancera.

 

LA DÉCADA DE LA GLOBALIZACIÓN RÍTMICA

 

La década del 70 había empezado con un universo oliendo a marihuana, con la revolución de los hippies y esa música estridente que salían de las guitarras de Jimmy Hendrix o del chicano Carlos Santana. La Salsa, a su manera, se había consolidado como expresión musical del Caribe mulato, las playas de Borinquen, El Barrio neoyorquino, y alcanzaba su primera etapa de madurez.

 

El estudioso César Miguel Rondón describe así ese momento: «La Salsa es una forma abierta capaz de representar la totalidad de tendencias que se reúnen en la circunstancia del Caribe urbano de hoy y ‘el barrio’ sigue siendo la única marca definitiva». Así, la onda expansiva que impuso la corporación Fania y su orquesta Fania All StarS amén  de otros fenómenos masivos musicales hizo que la Salsa se convirtiera en un fenómeno mundial. Desde aquella reunión «en vivo» del Red Garter en 1968 y más tarde, la épica noche del Cheetah de 1971, la Fania impuso ese vital estilo establecido a fines del 50 por Cachao en sus grabaciones para la Panart en Cuba y de las reuniones de la Alegre All Stars y la Tico a mediados del 60 en Nueva York.

 

Hay que destacar que en medio de la producción de los años 70 y 80, aparecieron en Nueva York algunos grupos interesantes, como la Típica 73 y la Típica Ideal o el Grupo Folclórico y Experimental Neoyorquino, de Andy y Jerry González, que procuraba rescatar la salsa clásica en medio de la selva comercial que se había apoderado del género. De allí salió el Conjunto Libre, con el recordado timbalero Manny Oquendo, que grabó varios discos en los que podía respirarse el viejo sabor que deja el aroma de las caderas en fragua.

 

No es raro entonces encontrar películas como las del prestigiado realizador español Fernando Trueba quien le hace un homenaje en su film documental Calle 54 a la esencia de la Salsa. Cierto, él propone una suerte de yuxtaposición con el jazz y el flamenco, pero sólo son variantes para rendirle homenaje a un género que ha hecho bailar y lo seguirá haciendo a cualquiera que sepa disfrutar de los hervores del ritmo así haya nacido en Japón o en Copenhague.

 

Fania All Stars: Live at The Red Garter Vol. 1 (1967)

 

Recordar aquella performance de Fania de 1993 en una gira de tres conciertos —San Juan, Nueva York y Miami— que reunió a figuras como Eddie Palmieri, quien había prometido no tocar nunca con la Fania, y a Roberto Roena,  que reaparecía después de años de alejamiento, es afirmar que aquel ritmo es inmortal. «El primer día de ensayo —declaró Larrry Harlow a la revista El Manisero— todos llevábamos gafas oscuras para esconder las arrugas. Algunos teníamos un poco menos de cabello, algunos estaban más regordetes. Pero el sonido era exacto al de veinte años atrás. Salsa brava, montuno con tradición. ¿Por qué cambiar el sonido cuando ese es el buen sonido?»

 

Las Estrellas de Fania eran dirigidas por la maestría de un músico con pasta de severo gerente musical –no había otra forma—, Johnny Pacheco. Brillaban junto a él, el finado Ray Barretto en las congas, Larry Harlow al piano, Willie Colón en el trombón, Bobby Valentín en el bajo, Roberto Roena en el bongó. La Fania tenía su base principalmente en los líderes de las bandas más importantes de la compañía y sus cantantes: Pete ‘El Conde’ Rodríguez, Adalberto Santiago, Héctor Lavoe, Ismael Miranda, Santos Colón y Cheo Feliciano, todos portorriqueños.

 

Y muchos se preguntan por qué la Fania gustaba a propios y a extraños. Sería pertinente desmontar un secreto. Pacheco confiaba en los dúos. Así, Adalberto Santiago y Pete «El Conde» Rodríguez, eran cantantes muy identificados con la tradición sonera de Cuba en Nueva York y por sus trabajos en las orquestas de Barretto y Pacheco. Otro dueto que calzó a la perfección fue aquel de Ismael Miranda y Héctor Lavoe. Eran los muchachitos, los soneros jóvenes que expresaban su conexión directa con un estilo de soneo malandro y callejero. Y a esta pareja le correspondía su antípoda sonera, el dúo de Santitos Colón y Cheo Feliciano, dos solistas que venían de la tradición musical de Nueva York. Colón pertenecía a la Orquesta de Tito Puente. Feliciano fue el imprescindible cantante del Sexteto de Joe Cuba que a mediados del 60 arrasó en Nueva York. Santos Colón, era un cantante curtido, Cheo era sin duda el mejor cantante que tenía la Fania en ese momento y logró un soneo arrollador y elocuente en el número "Anacaona" y luego en esa joyita del melao de caña que se llamó "El Ratón".

 

La historia de la Salsa no tuviera ribetes de leyenda si sus personajes no fueran aquellos seres casi tocados con la vara mágica del mito. Narrar su historia es conocer los secretos de tantos temas que hicieron y nos hacen bailar hasta ahora. El dominicano Johnny Pacheco, uno de los fundadores del sello Fania, cuenta por ejemplo en la película Yo soy del Son a la Salsa, filme de Rigoberto López, que ya consolidado el sello Fania, era tal la cantidad de «estrellas» que decidieron darle partida de nacimiento a lo que sería después el espectáculo más grande de la música latina que se produjo en Nueva York en el siglo XX.

 

Este encuentro ya es historia, fábula y leyenda. Ella fue escrita la noche del Jueves 26 de agosto de 1971, fecha que muchos, con muy buenas razones, marcan como la fecha de nacimiento de la Fania All-Stars. Ralph Mercado, entonces dueño del local de moda, el Cheetah, les dio apenas 48 horas para organizar un mega concierto. Así, cuenta Pacheco, que ahora que ya tenían el local, el lío del reparto de la orquesta fue resuelto sobre el caballo, al final, estrellas eran lo que sobraban.

 

Video promocional del Show de Fania All Stars en Lima.

 

Sin embargo, faltaba algo muy importante: los temas. Esa misma noche Pacheco se puso a componer ocho temas simultáneamente, mientras Bobby Valentín hacía en el acto los arreglos. En cuanto a lo económico, Masucci ya había vendido 4,000 entradas (más del doble de la capacidad del club) y la filmación estaba asegurada gracias al gran equipo del cineasta Leon Gast. Difícil escoger lo mejor entre toda la música que se tocó esa noche, ya que todo estuvo magistral, pero casi todos seleccionan de manera unánime como el clímax del concierto al son “Quítate tú”.

 

Pocos saben, no obstante, que el tema “Quítate tú”, recién fue compuesto horas antes del concierto cuando a falta de un tema, se fueron a almorzar con Valentin al restaurante “Asia”, el número uno y al salir, se quedaron atracados en la puerta giratoria. Ahí es donde sale a coro aquello de «Quítate tú para ponerme yo». En resumen, no sólo fue una noche gloriosa para el sello Fania, sino el nacimiento de una leyenda musical y por qué no, el inicio de la gran era de la Salsa.

 

LA FANIA ALL STARS, TODO UN CAPÍTULO

 

El título no es tan cierto. Trata de serlo.  Así, con los personajes más desconcertantes, con otros menos estridentes y algunos genios de esquina, se fue armando, preparando y diseñando aquella etapa dorada de la Salsa que tuvo como estructura emblemática a la organización Fania. Un emporio de talentos que sólo el flautista dominicano Johnny Pacheco logró ensamblar como una fábrica del sabor y de un ritmo que se impuso en el planeta musical sin importar el color o la religión de los mortales a quienes hacía simplemente gozar infectándolos de un swing sabroso.

 

La visión del italo americano Jerry Masucci y el oído de Pacheco convierten a Fania  en un monstruo que devoran a cuanta banda desconocida surge en Nueva York. La Salsa hacia arder los corazones y estos rompieron los diques de los bolsillos. El negocio fue redondo. Fania compra otras compañías disqueras latinas que funcionaban en la ciudad de los rascacielos. Sellos como Inca, Cotique y Tico pasan con músicos y todas sus chivas al gran fortín Fania. En 1970, el bongosero Roberto Roena y su orquesta, la Apollo Sound, que radicaban en San Juan de Puerto Rico, firman también para Fania.

 

Las irreverencias de los inicios de la Salsa fueron ajusticiadas por la crítica y no podía ser de otra manera. Ora, que era música insolente y agresiva, ora, que provenía de las miasmas del Barrio –Jorge Luís Borges opinaba igual del tango y uno está bien muerto y el otro está bien vivo--. Alguien decía que era música cubana vieja, que su nombre era una etiqueta para vender, que era música de gente baja, que propiciaba lascivia y promiscuidad, que le cantaba a las prostitutas, que no tenía nada de constructiva, que enajenaba a los jóvenes. Pacheco respondía, que igual dijeron de Louis Amstrong y de Elvis Presley. Pero, a pesar de estas críticas solemnizadas, su impacto en Nueva York y todo el Caribe --desde fines del 60 y principios del 70-- fue sencillamente avasallador.

 

Alfredo de la Fe y Bobby Cruz

 

La Salsa, que cumplió a fuerza de sangre sudor y lágrimas una función contracultural, como afirma Cristóbal Díaz Ayala, y que irrumpió teniendo como epicentro el Barrio Latino de Nueva York, fue la manifestación sonoro-musical de las transformaciones que organizaron músicos puertorriqueños junto a algunos cubanos y americanos sobre la base de diferentes géneros de la música cubana a los que le agregaron elementos del folclore boricua y del Jazz. La Salsa implicaba barrio, desasosiego, marginación, furia y sentimiento dramático frente a las garras de la vida. Así, esta música fue rápidamente asumida como propia por las comunidades de los barrios en las grandes ciudades latinoamericanas. Caracas, Cali, Ciudad Panamá, San Juan, Guayaquil o Lima y El Callao, no pudieron evitar sus flujos de salacidad y sus corrientes liberadoras.

 

A pesar de que la Salsa de los años del boom es considerada una verdadera criatura del Barrio, su alumbramiento formal se produjo en una sala de baile, el club, el Cheetah, situado a menos de cien metros de aquel famoso salón de baile Palladium que había cerrado sus puertas melancólicamente en 1964. Nadie imaginaría que el propietario del club, Ralph Mercado, estaba llamado a convertirse, al cabo de 30 años, en el industrial más poderoso de la Salsa.

 

Ya, desde 1968 Johnny Pacheco y Jerry Masucci integraron una suerte de gran selección con los músicos que estaba procreando la Salsa. El debut de la banda estelar del sello Fania fue en el hoy desaparecido club Red Garter y si bien la banda carecía de identidad propia, el repertorio que ejecutaron esa noche --recogido para la posteridad en los discos Live At Red Garter, Volúmenes 1 y 2--, tiene sus momentos especiales:  El tema "Como me gusta el Son" con Monguito en la parte vocal, Eddie Palmieri al piano, Willie Colon en uno de sus mejores solos de trombón de todos los tiempos y Tito Puente, castigando el timbal, que en "Guatacando" crea con luminosidad uno de los primeros jazz latinos. Cierto, la Fania All Stars no necesariamente se funda en este recital, pero el show cumplió su cometido inmediato: presentar en mayor escala a los artistas que ya componían el conglomerado Fania. Nadie se podía escapar de la rumba.

 

ESA NOCHE EN EL "CHEETAH"

 

Es un jueves 26 de agosto de 1971 pasadas las nueve de la noche y en el Cheetah hay más de 4 mil personas. De pronto se prenden las luces del escenario y aparece Dizzy 'Izzy' Sanabria –uno de los maestros de ceremonias-- pronunciando estas frases históricas: «¡ Ladies y gentleman, qué viva la música! ¡Latin music power!». Luego Sanabria dejó al segundo presentador, el disc-jockey de radio, Symphony Sid; a su turno, Sid presentó enseguida a Johnny Pacheco; y Pacheco a las figuras de la Fania, «la gente del sabor»: en las congas, el neyorquino de origen puertorriqueño Ray Barretto; en el bongó, el boricua Roberto Roena; en los timbales, uno de los pocos cubanos del equipo: Orestes Vilató; en el piano, Larry Harlow, un neoyorquino que pasó del jazz a la salsa y se enamoró de la música afrocubana clásica. En las trompetas, el dominicano Héctor 'Bomberito' Zarzuela, Roberto Rodríguez y Larry Spencer; en los trombones, un as norteamericano, Barry Rogers, el puertorriqueño Reinaldo Jorge y Willie Colón. El cuatro puertorriqueño, hermano del tres cubano, estuvo a cargo del Yomo Toro; Bobby Valentín se encargó del bajo.

 

Fania All Stars: Live at Cheetah (1971)

 

La nómina de cantantes también era estelar y, como los músicos, básicamente puertorriqueños Héctor Lavoe, Pete 'El Conde' Rodríguez, Ismael Miranda, Santos Colón, Adalberto Santiago y Cheo Feliciano. Todos ellos cantaron el cuarto tema de la noche, "Quítate tú", de Pacheco y Valentín, una descarga de más de 16 minutos y medio que se robó el espectáculo y fue producto de esas épicas casualidades que tiene los fastos de la historia, en este caso, de la historia del baile.

 

Es cierto que la Fania no pudo dejar de lado a los grandes mitos de la música 'afrolatinocaribeñoamericana'. Por eso Celia Cruz e Ismael 'Maelo' Rivera no podían estar fuera de esta gran convocatoria, ni mucho menos el mejor timbalero del mundo, el recordado Tito Puente. Otra pareja de famosos tampoco quedó al margen y las sonoridades divinas de Richie Ray y su compadre Bobby Cruz aportaron muchos números famosos, como el formidable "Sonido Bestial" y el timbaleo de Bobby Collazos.

 

'MAELO' Y LA FANIA ALL STARS

 

Y fue aquel 11 de julio de 1977 es una fecha histórica para la historia de la Salsa. Esa noche ocurrió el debut del eterno 'Sonero Mayor', Ismael Rivera, con la Fania All Stars. Fue en el concierto en el Madison Square Garden, el mismo que se grabó en vivo y luego se publicó al año siguiente en el álbum Live. Aunque casi todo el material que se tocó esa noche fue nuevo, no todo lo que sonó esa noche fue publicado en el disco. Sin duda, lo mejor de la grabación es la nueva versión de "El Nazareno" de 'Maelo', con Papo Lucca  luciéndose en el piano; también es notable "Felicitaciones", exitazo de Cheo Feliciano de 1976 --compuesto por Tite Curet-- en un nuevo arreglo de Bobby Valentín. Figura también el debate de soneros en "Saca Tu Mujer", con solos de Perico Ortiz y Yomo Toro y, en especial una contundente versión en vivo de "Cúcala", ahora con Celia y 'Maelo' en un memorable e histórico mano a mano. Barretto había retornado como el conguero estrella para este concierto, mientras el notable bailarín Anibal Vázquez –el tío de Roena-- pasa a ser el maestro de ceremonias oficial.

 

Después de este evento, 'Maelo', siguió cantando aunque con menos brillantez y potencia en su voz –cosa que él negaba rotundamente--, y se mantenía al frente de sus Cachimbos, ahora grabando bajo la sombrilla de Fania y escuchándose consistentemente en las ondas radiales con temas de Curet Alonso como "De Todas Maneras Rosas", "Mi Música" y el casi-himno "Las Caras Lindas".

 

Otro fenómeno cultural que produjo la Salsa en los setenta fue la aparición del panameño Rubén Blades quien se inició como empleado administrativo en el sello Fania y que fue invitado a debutar una noche con la orquesta de Ray Barretto, derrochando un sabor que había heredado por línea materna gracias a que su mamá fue una artista cubana. El contenido social y de afirmación latina de sus temas revolucionó la Salsa. Esa conciencia latinoamericana vivía en él desde niño, aun más cuando observó la sangrienta represión en 1964 cometida por tropas de Estados Unidos contra ciudadanos panameños que pedían la recuperación de la soberanía del canal interoceánico.

 

Fania All Stars: Live Cheetah "Ahora Vengo Yo".

 

Esta primera incursión de Blades en la cuna de la salsa había resultado poco prometedora, y el cantante regresó a estudiar derecho y canto a Panamá. En 1974 Fania lo contrata y, luego de una experiencia con Ray Barretto, en 1978 reaparece con la nueva agrupación del ya famoso Willie Colón. Su primer disco se llamó Metiendo Mano para luego grabar  Siembra --uno de los temas con los que Fania batió récord de ventas— y que incluye varias de sus más célebres canciones: "Pedro Navaja".

 

A Blades se le atribuye la formación del movimiento de la «salsa conciencia», que denuncia las condiciones de vida del pueblo latinoamericano, expresa los sentimientos de los hispánicos en Estados Unidos, y afirma la identidad de los pueblos latinoamericanos. También es padre de la llamada «salsa narrativa», que introduce textos largos y relatos donde antes sólo había estrofas cortas picantes o amorosas.

 

Otro capítulo que debo destacar es aquel del pianista De Bola de Nieve, y de quien el consumado poeta, Pablo Neruda, aseguró que: «se casó con la música y vive con ella en esa intimidad llena de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo. ¡Viva su alegría terrestre! ¡Salud a su corazón sonoro!». Igual se puede decir de Tito Rodríguez, que lanzó los dogmas del ritmo a la barra de un cabaret y que cantó todos aquellos ritmos que trenzan las venas. Cierto, su interpretación de "Inolvidable" es de factura sedosa, fresca de brisas marinas, caliente como un cuerpo después del combate amoroso. Por eso Fania All Stars le brindó un homenaje juntando las voces de Cheo Feliciano y de Héctor Lavoe por citar a los salseros que mejor interpretan los boleros a hierro candente.

 

Finalmente, Cierta vez el escritor cubano Alejo Carpentier explicaba casi quejándose sobre las consecuencias de esta fiesta natural y popular. Decía que en su país y en los Estados Unidos existía un prejuicio y la más intensa animadversión contra la música popular y sobre todo, sobre la desenfrenada sensualidad que estos ritmos provocaba en los bailadores. Este fenómeno lo llevó a afirmar: «Donde las calles resonaban de tangos, rumbas, sones, bambucos, guarachas, boleros y mariachis, la hostilidad de ciertos músicos «serios», sinfonistas, profesores de conservatorio, hacían escarnio de la llamada música ligera; era evidente que en ellos existían actitudes que llegaban a cobrar caracteres inquisitoriales». Es decir, no sabían lo que era el verdadero manantial del gozo. La Fania, damas y caballeros, fue ese gozo y mucho más que hasta hoy tengo su imagen en el verano de Cali, estadio Pascual Guerrero y ya es el verano del 2001 y ellos no paran de tocar en medio del aguacero. Agua del divino sabor adivinado en el diván de los sueños y que al fin, nos anegará a los peruanos en este caliente marzo del 2011. Yo tengo un sueño. Ya me desperté. Y sigo bailando, con usted, mi morena tentación.


(*) Es escritor, periodista y profesor de la Universidad de Lima


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