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LA AFRICANÍA EN AMÉRICA


(Apuntes previos a ¡Clave de Sol Son Mayor!)


Por: Luis Delgado Aparicio Porta

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Siendo la entrada de los negros esclavos al Nuevo Mundo por la Antilla Mayor, el abominable negocio de “la trata”, que cobraría posteriormente proporciones dantescas y avergonzaría a la humanidad, fue oficializado por el Rey Carlos V en 1518, estando debidamente documentado en el Catálogo de Pasajeros a las Indias de la Casa de Contrataciones de Sevilla (ver nuestro artículo La Música Patogénica en el Trabajo en esta página Web). Los antropólogos y etno-africanólogos han determinado que millones de ellos, durante más de tres siglos, fueron objeto de un trato inhumano y vejatorio, al ser considerados como homúnculos, buscando inicialmente deculturarlos.

 

Habían llegado trayendo como único equipaje la religión y su música. En La Diáspora de África, publicado en el Diario Expreso (8 de septiembre de 1999) y en La Nación de Santo Domingo, República Dominicana (10/10/1999), sostuve que la trascendencia de sus costumbres fue el elemento fundamental que les permitió sobrellevar el cautiverio. Su bagaje intelectual, el recuerdo de haber sido libres, aunadas a costumbres propias de su suelo, en íntima relación con la naturaleza y la cosmovisión del universo, no mellaron con el forzado traslado, su personalidad y dignidad. Sus pervivencias se sincretizaron, lo que les permitió que las diferentes “reglas” (lucumí, congo, carabalí, arará y otras menores), el panteón “voodú”  y el “candomblé” en Brasil, se unieran con la religión católica y la música de los conquistadores como un último recurso, a fin de perdurar como etnia y su descendencia producto del mestizaje. El criollo, de indio, negro y europeo, son lo multiétnico y pluricultural de nuestro Panamericanismo. Debidamente estudiado y analizado en su famoso tratado Economía y Sociedad (Fondo de Cultura Económica, decimotercera reimpresión, 1999, México, Distrito Federal; páginas 315 y 689), el sabio Max Weber investiga con prolijidad el significado sobre las Comunidades Étnicas, aseverando y concluyendo que: “si desde un punto de vista fisiológico, se puede determinar el grado de objetiva diferenciación racial, entre otras formas; viendo si los híbridos se reproducen de modo normal, podríamos medir, la atracción o repulsión raciales subjetivas, fiándonos en  si se establecen relaciones sexuales normalmente o con carácter  permanente o sólo temporal e irregular. La existencia o ausencia del “connubium” sería, en todas las comunidades, una consecuencia natural de la atracción o repulsión étnicas”.

 

 

Ergo, lo que pudiéramos llamar “aportes culturales al Nuevo Mundo”, son según  Manuel Moreno Fraginals (África en América Latina, Primera Edición, UNESCO, siglo XXI, Editores - 20, Distrito Federal, páginas 13 - 33): “resultados  de una cruenta lucha, de un complejo proceso de transculturación. Así, el negro, horro, ébano, mulato, melanodermo, prieto, ladino o bozal, se refugia en sus culturas para preservar su identidad y supervivencia. La tradición ha recogido una contundente expresión que grafica lo que acontecía: “el problema aquí es no morirse”. Otro hecho que facilitó la vida en reclusión, fue que el recién llegado no es misógino, lo que asociado a su fortaleza espiritual, alimentada con su religión y su música, les permitió sobrellevar el feroz trato inhumanitario del que fueron objeto. Esta filosofía para perdurar, surge hoy como algo ancestral, casi atávico, en seres humanos secularmente explotados. Según sea como adjetivo o sustantivo, la palabra negro viene al español por herencia del latinazgo Níger, usado en la Roma Imperial y el Medioevo. Dicha voz figura en unos versos de la segunda égloga de Virgilio y en texto de la iglesia catalana de Ager en la cual se da cuenta  de diez esclavos de color que se envían en 1068 al Papa Alejandro II, tal como estudia G.H. Beardsley, The Negro in Greek and Roman Civilization: A study of the Etiopian Type, 1929, citado por el Dr. Manuel Álvarez Nazario, Catedrático de la Universidad de Puerto Rico y Rector de la Universidad de Mayagüez.

 

Es menester preguntarnos ¿cómo llegaron?. El Archivo de Indias y los escritos de Fray Bartolomé de las Casas, nos permiten aseverar que comerciantes europeos los trasladaban, desde la Costa Occidental del África, en galeones, carabelas y bergantines, que carenaban en el Caribe con su ominosa carga, moviéndolos después a otros territorios. El profesor John Ilife en, Africa: Historia de un Continente (The Press Syndicate of the University of Cambridge United Kingdom, 1995, páginas 169 al 206), describe con lujo de detalles como fueron extraídos desde Senegambia, en Mauritania hasta las Ensenadas de Benín, Biafra, Loango y Angola, penetrando hasta  El Chad, Viejo Calabar, Congo y la Laguna de Maleba. En el Fuerte de Arguín, los portugueses trataban con los moros, abastecedores desde muy antiguo del mercado sahariano de esclavos, cambiando a nueve de ellos por un caballo. En la larga travesía, hacinados, famélicos y aterrados por la peste, más de la mitad moría en el camino, por lo que los registros de su llegada no corresponden  con la realidad. A su llegada eran entregados como una “cosa” para cumplir con unas faenas brutales, que hoy nos preguntamos: ¿como pudieron resistir?.

 

Se distinguía a los que conocían el idioma como ladinos; los otros fueron llamados bozales. A su llegada, especialmente en el trópico, encontraron un clima parecido al de su suelo. Ello fue propicio para la preservación de sus valores, llevando el peso de las cadenas y los grilletes, con impertérrita dignidad. Nunca perdieron el ansia inherente de libertad, que llevó a muchos a escaparse de las plantaciones, ingenios, algodonales y olivares para vivir en “el monte, batey y/o cibao”, los que fueron conocidos como cimarrones (señalo el alto índice de suicidios ante la desesperanza existente). Aquí hay que distinguir que en Las Antillas se les denominó palenques y en el Brasil, quilombos, agrupándose para defenderse de sus crueles perseguidores, los rancheadores.

 

Mapa: Tráfico Atlántico de esclavos.

 

Sin embargo, el colonizador y el esclavo fueron intercambiando, inconscientemente, costumbres, modos de actuar y de ver las cosas, transfusión física y psíquica que don Fernando Ortiz, descriptivamente llamó TRANSCULTURACIÓN. A pesar de ello, mantuvieron también su idioma (suahili, masai, entre otros), siendo el más conocido el Lucumí, que provenía de los Yorubas y que doña Lydia Cabrera, la célebre etnóloga,  denominó Vocabulario Anagó. De esa interrelación, apareció, por primera vez, la denominación de CRIOLLO, en un texto de Juan López de Velasco, publicado en Méjico en 1574. Años después, el Inca Gracilazo de la Vega, en 1617 sostuvo: “….criollos llaman los españoles a los nacidos en el Nuevo Mundo; sería entonces  una raza de hombres surgida en América”. A lo anterior se suma el interesantísimo estudio de Janheinz Jahn: Las Culturas Neoafricanas (primera reimpresión, 1978, Fondo de Cultura Económica, México 12, distrito Federal - p.137) donde señala su evolución, diversificación, costumbres, vivienda (barracón) y el “alma negra en el mundo blanco; los mapas de pueblos y las culturas restafricanas en América; y explica, con notable versación académica y por primera vez,  las cuatro categorías de la filosofía africana:

 

1.- Muntu = Hombre ( plural: Bantu )

2.- Kintu  =  Cosa ( plural: Bintu )

3.- Hantu =  Lugar y Tiempo

4.-Kuntu = Modalidad.  (“Todo lo que es, todo ente, cualquiera que sea la forma bajo la cual se presente, forma parte integral de ellas. Todas son una fuerza y están emparentadas. El parentesco se expresa en las palabras mismas, pues si eliminamos los determinativos, la raíz NTU es idéntica en todas las categorías”).

 

En el nuevo suelo, el negro perseveró en desarrollar su religión y su  música. A diferencia de lo que sucedió en Estados Unidos de Norte América, donde a la población esclava no se  le permitió el uso del tambor, en el Caribe fue diferente. Lograron a través del canto y el baile, de los simbolismos y las funciones, de los rezos y otras manifestaciones, a contactarse con sus dioses, y así como en la mitología griega, la Terpsícore (musa) mulata halló gran regocijo. En los inicios, se escandalizaron el mayoral en el Caribe y el caporal en el Perú por los movimientos inmorales de sus bailes, a tal extremo que en 1842, Pezuela, el gobernador  para Santo Domingo y Haití prohibió los mismos de acuerdo a don Manuel Álvarez Nazario en El Elemento Afronegroide en el Español de Puerto Rico (Instituto de Cultura Puertorriqueña - San Juan de Puerto Rico, 1974, página 322). Eran los orígenes de la rumba, en su variante de “la columbia y el guaguanche”, donde las parejas simbolizan al gallo y la gallina, en lo que se conoce como “vacunao” (el movimiento pélvico de mutua atracción).  También en el Perú don Ricardo Palma describió en sus Tradiciones Peruanas que “quien no había visto bailar a una mulata se perdía la sabrosura de sus movimientos “.Esto refleja la sensualidad de sus movimientos al extremo que en su monumental obra de cinco tomos Los Instrumentos de la Música Afrocubana don Fernando Ortiz estudia con gran prolijidad lo que él explica como los “batientes anatómicos inferiores; esto es la música con los pies, el batipié o pedigolpeteo, escobilleo, zapateo, chancleteo (de donde proviene la muy famosa “Chancletera” de don Ernesto Lecuona) y la cariaco (Editorial Música Mundana Maqueda - Madrid España, 1996, páginas 54 a 75).

 

 

Con el tiempo se autorizaron dichos bailes que permitían al negro volver con más ánimo al trabajo, reunirse al esparcimiento los domingos en los llamados  “Cabildos”  aunque se veían con desconfianza sus veneraciones a sus dioses expresados en los bailes, buscando por todos los medios de extirpar sus idolatrías. Para poder llevar a cabo su culto, empezaron a  rezarle a Cristo Rey,  a la Virgen y a los Santos en las Iglesias, lo que motivó la sorpresa del colonizador. En el fondo, pensaban en “sus dioses”, camuflando sus verdaderas creencias, llamándolas de acuerdo al rito católico, pero identificando a cada uno de sus patrones de culto, con sus deidades (orichas).

 

Es menester señalar que el ritual religioso de lo anteriormente manifestado, se daba acompañado por un grupo de instrumentos, que es lo que anima, transforma y excita la ceremonia.  Bajo el toque del tambor, especialmente los sagrados batás (el grande llamado itotelé = padre; el del medio, iyá = madre y el más pequeño, okonkoló = hijo) los creyentes invocaban a sus espíritus.  A través de ellos el santo se manifestaba cuando se “posesionaba” de uno de sus fieles y habla y danza a través de él, por lo que se dice, hasta en la actualidad, que “se le subió el santo”, tal como se puede apreciar en un pasaje de la famosa película Orfeo Negro. Esto aparece magistralmente explicado en la compilación de África en América Latina que auspiciara la UNESCO bajo la dirección de doña Isabel Aretz (siglo XXI, sexta edición, 1987, página 255 a 270) donde se afirma “que su teogonía y su mitología es revivida durante las posesiones”.  Si con la macumba se dan fórmulas idénticas a la santería cubana, tampoco puede ignorarse la enorme influencia del voodú en Haití, con sus insondables misterios como el de los zombies, especie de muertos vivientes sin alma y robotizados, que siguen sorprendiendo a la humanidad.

 

Después del sincretismo de sus religiones, debemos  distinguir que el conjunto musical que acompaña el baile, consta de tres elementos esenciales, según la etnomusicóloga argentino-venezolana doña Isabel Aretz de Ramón y Rivera (IBIDEM): “La ejecución instrumental está a cargo de los músicos; en el canto se alternan los solistas y el coro y la participación de la concurrencia se da con el batir de palmas y gritos”. Este es un signo que se da en todas las manifestaciones de nuestra América morena, las que, interpretadas con instrumentos de procedencia africana, hoy la tradición y la popularidad de los mismos los ha conservado. En la compilación antes mencionada de la señora Aretz (Ibidem), el ensayo del escritor y músico argentino Daniel Devoto, es muy ilustrativo para el presente trabajo. Destaca el influyente elemento africano en la obra  de gran categoría de Arthur Ramos,  La Culturas Negras en el Nuevo Mundo (1943), que completa su estudio precedente sobre  “O Folclore Negro do Brasil, (1935), señalando la mayúscula importancia de la misma, su aporte universal, y adaptación armónica con otros géneros.

 

Para llevar a cabo sus rezos e invocaciones, era necesario buscar y tener los elementos para celebrar sus prácticas. El negro encuentra en nuestro continente materiales semejantes a los de su tierra y fabrica instrumentos en forma artesanal que perduran hasta nuestros días. El maestro Ortiz, en su libro antes mencionado (Instrumentos de la …..) los distingue según su naturaleza como: percusivos, pulsativos, fricativos, insuflativos y aerotivos, sustentando lo que a su entender es el principio rector de esa clasificación. Explica que “lo principal no es la sustancia ni la forma y estructura del instrumento, ni la naturaleza de sus timbres, sino la acción que determina su sonoridad. No es el sonar sino el hacer sonar; no es el tañido sino el tañerío; no cómo suena sino cómo se suena”. Pero también hay que mencionar la Clasificación Mundial de Hornsbostel y Sachs, destacados afrólogos, para poder incluir, dentro de los ideófonos a los que se fabricaron en tierra americana.

 

 

En primerísimo lugar la clave; dos palitos sobre el que se sustenta el ritmo de 3x2 o de 2x3 y desde donde se levanta el  edificio de la música afroantillana; también los tubos de bambú, llamados Quitiplás en Venezuela que se entrechocan y percuten contra el suelo. Para ubicar el instrumento de aporte peruano, debo señalar que el historiador don Fernando Romero Pintado, en el año de 1940, publicó en Buenos Aires su capital ensayo: “La Costa Zamba”, describiendo analíticamente que de Tumbes a Tacna se establecen poblaciones negras que forman una orla o franja, apalancándose con el indio y el blanco, pero manteniendo las costumbres de sus ancestros, conjugándose el uso del tambor, el cajón y la quijada.  En su famoso libro El Negro en el Perú y su Transculturación Lingüística, editado por Milla Bartes en 1987 y dedicado a “mamá heredia”, describe el régimen de esclavitud hasta el Decreto de Huancayo (la abolición), la mano de obra, el catequismo, así como los sonidos y ruidos  de su dicción y el toque de los cueros en sus diversas variantes, que de generación en generación perduran hasta nuestros días. Al año siguiente publica el Maestro Romero Los Afro Negrismos en el Perú: Quimba, Fa, Malambo y Ñeque, donde interpreta los antecedentes, el análisis de los términos incorporados a la vida diaria y la interpretación de los modismos y costumbres del asentamiento en el abecedario afrolatino. En el Perú describe a las tejoletas y palillos afirmando que el cajón “es uno de los últimos supérstites del instrumental que trajo el abuelo congo. Sobre este mismo instrumento que hoy tiene difusión mundial, don Caitro Soto (et al): De Cajón, el Duende en la Música Afroperuana (Servicios Especiales de Edición S.A. del Grupo Empresa Editora El Comercio, octubre 1995 - página 54) explica didácticamente el instrumento, su sonoridad y toques. Vinieron del sudeste de África de origen Bantú la marimba, localizada en 1891 en Guayaquil, Ecuador, usándose también al sur de Colombia, aunque según Jiménez Borja ya El Mercurio Peruano lo recogía en 1791, siempre en manos de grupos afro. La percusión de hierros en forma de pequeñas campanas es común en la Guayana y Surinam. También las sonajas, y las maracas de mango, definidas por el Maestro Ortiz como “instrumentos sacuditivos”(Ibidem, páginas 161 á 230), que tocadas en el caribe como par, macho y hembra, su sonido es producto de las semillas de achira, dentro de sus  paredes.

 

Seguidamente los Membranófonos de diversos tamaños, formas y sonidos, siendo los  tambores, por percutirse los cueros, lo que los identifica. El juego musical congo en el Perú,   de repicador y llamador, anunciaba los domingos el baile de la cofradía. Los hay también en la selva de Surinam, conocidos como los apinti y los tumaco, así como el tambor mina de Barlovento en Venezuela, de origen dahomeyano y los oriundos de Puerto Cortés en Honduras. Hay los que reemplazan los troncos por barriles, como se observa en los candombes del Uruguay. Los más conocidos  e incorporados mundialmente son: la tumba o el salidor, la hembra; el tres-dos, denominado llamador o macho; y el más agudo, quinto, que forman hace miles de años, los orígenes de la sociedad africana. En los últimos cuarenta años, se han denominado Congas.

 

Llegaron igualmente de África los Cordófanos, arcos musicales con resonador de calabaza, caso del rucumbu peruano atado con tripa de gato, o el lunku, de los miskitos de Honduras. En Uruguay se denominan urucungo y berimbau. Por último, en el Mercurio Peruano se citan los Aerófonos, flautas de nariz que usaban los negros bozales. En Venezuela los hay entre los chimban-güeleros de Zulia y se les denomina pito.

 

 

Necesariamente debo distinguir la música y los bailes de nuestra América morena, tal como la llamó el ilustre escritor brasilero don Jorge Amado. El mulato, al ingresar en la vida popular, participa como poeta, cantor, músico y bailarín, influenciando con el triunfo cosmopolita y universal del tambor. El investigador dominicano Carlos Batista Matos, en su Historia y Evolución del Merengue (impreso en Editora Caña Brava, Santo Domingo, República Dominicana,  en junio de 1999) y también en La Música en América Latina publicado por la UNESCO ( Ibidem), encontramos el crecimiento de otros bailes y ritmos muy populares de  América Latina, los  que proceden de ascendencia africana. Así en Brasil, zamba, batuque, frevo y capoeira; en Jamaica, reggae; en Puerto Rico, bomba, plena, danza, seis y aguinaldo; en República Dominicana la mangulina, salve, carabiné y merengue;  en Cuba el son, la columna vertebral del género, danzón, la rumba de origen gangá y sus variantes: yambú, columbia y guaguancó, la guaracha y el mambo. En Haití la compa; en Colombia, la cumbia y el vallenato; en Panamá, el tamborito; en Curazao la tumba; en El Salvador, carbonero; en Trinidad y Tobago calipso, zoca y rapso. Debemos acotar que desde 1943, el Sr. Mario Bauzá, director de Machito y los Afrocubans, experimentó al combinar lo afrocubano con el jazz, (al que denominó el matrimonio más perfecto) con su tema, TANGA,  en lo que hoy es mundialmente conocido y aceptado como El  Latin Jazz (Después de la parte 1 y 2 de Clave de Sol Son Mayor, escribiremos  sobre lo anterior). Desde 1967 el vocablo SALSA (en nuestro anterior artículo sobre Tito Puente en la Historia, publicado en esta página web, hemos hecho las aclaraciones sobre el tema) ha sido adoptado como la amalgama de todos los anteriores ritmos e impulsada por su saoco, sabor y sandunga, habiéndolo nosotros llamado, desde 1981,  AFROLATINOCARIBEÑOAMERICANO.


Es contundente don Antonio Pérez Fernández cuando en su libro La Binarización de los Ritmos Ternarios Africanos en América Latina (el título según nosotros, pueden derivar de la definición que hizo la Real Academia de la Lengua y que mencionáramos en nuestro artículo El Discurso Fenomenológico del Bolero, publicado en esta página Web), don  anota: también en Méjico el “son” y el “sorongo” corresponde al mismo grupo étnico, como la  longa en Perú y solongo en Haití. Nuevamente citamos la contundente afirmación de doña Isabel Aretz de Ramón y Rivera: “En todos los países restantes se ha producido la simbiosis cultural y sólo debido a las fuerzas de la tradición y también a la atracción percutiva de los tambores, el hombre baila de acuerdo a su ancestro. De su epónimo libro, Los Bailes y el Teatro de los Negros en el Folklore de Cuba, (Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1985 - página 188), don Fernando Ortiz sentencia: “La danza es necesidad porque una efervescente excitación vital fuerza los miembros del cuerpo a sacudir su inercia; es un fenómeno estrictamente social y originariamente un fenómeno dialogal de magia y religión por los efectos psíquicos de ella y por la relación de su dinámica con los conceptos de la acción sacro mágica. Esta poderosa influencia emocional conduce a  la auto intoxicación, que es la clave del empleo del baile”. Nos explica con su sabiduría como “en las teogonías africanas el placer y la bailabilidad de los primitivos y de los negros ya se evidencia desde la prehistoria, y en las más antiguas pinturas de la edad de piedra” (Ibidem, pag.198); “esa sinergia de los negros, logra un imperceptible mecimiento corpóreo, el rictus animado de las sacudidas fibrales, el estremecimiento sutil de los músculos y una ola sensorial que tiembla sin cesar de movimientos moleculares invisibles sobre si misma” (Ibiden, pag. 217).

 

 

Con gran respeto y alta consideración  a los estudiosos de la música afro peruana, quisiera recordar brevemente, que En sus memorias de lo Nuestro, en el año de 1940, la hija de don Ricardo Palma promovió La Guía Azul. En el capítulo XXIII se refería al folclore musical, que derivó de un ritmo gallego conocido como la molinera. Fue dicho baile el que evolucionó en la mozamala y la zamacueca (de herencia mora y sahariana), para posteriormente dar nacimiento a la marinera. También don Romualdo Alva se refiere al tarango, el caballo rojo, la zanguaraña y él mata-toro. El amorfino y el panalivio que se cantó en Malambo (también hay en Puerto Rico un barrio del mismo nombre) era un contrapunto conocido como canto de morenos. No podemos dejar de mencionar al intelectual don Nicomedes Santa Cruz, autor de destacadas y recordadas décimas, cuyos mensajes trascienden al tiempo y las personas, habiéndole cantado el gran Camilo “Azuquita” Argumedes su famoso Sanguito Ñajú.  Su hermana Victoria y sus sobrinos son una destacadísima familia en el mundo artístico y de lo afro peruano, entre otros muy respetados y sobresalientes  cultores de nuestra vigorosa música.

 

Para terminar debo obligatoriamente decir lo siguiente. Pasajes de este artículo fueron parte de mi Conferencia recogidas en el libro Lo Africano en la Cultura Criolla (María Rostworowski, Javier Mariátegui , Oswaldo Olguín, Guillermo Thorndike, Lucha Fuentes, Teófilo Cubillas, José Campos, Delgado Aparicio, etc), publicado por el Fondo Editorial del Congreso de la República del Perú en julio del 2000. Así mismo, tengo  el gran orgullo de haber sustentado en diversas Universidades el tema aquí esbozado. Resalto por último, el atrevimiento de decir, ante el Decano y los Profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad Cayetano Heredia: estimo que en el curso de Hematología que se dicta en esta prestigiosa Casa de Estudios, no se considera lo que a continuación detallo: No solamente hay glóbulos rojos y blancos, sino también negros, y eso es lo que da el sabor (produciendo una generosa y grata algarabía entre los profesores, que recuerdo, aprecio y agradezco) y finalmente si en Cuba dicen que quien no tiene de Congo tiene de Carabalí, sostengo, que cualquier atisbo de prejuicio, debe francamente desaparecer,  porque en el Perú el que no tiene de Inga tiene de Mandinga.

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SARAVÁ FAMILIA...!!!

 

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