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LUCHO CUETO

 

Su Aprendizaje Contínuo


Por: Luis Delgado-Aparicio Porta
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Unas personales líneas acerca de la carrera del pianista peruano Lucho Cueto en la ciudad de Nueva York, donde ha presentado recientemente el exquisito disco “Estamos Azúcar” de Black Sugar Sextet.


“En Nueva York, a mi modo de ver, la música es mejor. Es más recia. Aquí sólo funciona lo recio. Porque la gente es más recia. Nueva York no es para todo el mundo” ( Martin Scorsese. En Round Midnigth )


Hace veinte años partió raudo hacia el violento mar de sargazos musicales que es la ciudad de Nueva York, conocida como la capital del planeta, La Metrópoli de Hierro, que alberga como domicilio todo tipo de géneros desde 1930, y donde hacerse de un nombre es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar. Lucho Cueto superó esa distancia que su inicial formación le deparó al profundizar en el estudio, la práctica y el sacrificio que la disciplina exige, encontrando hoy el reconocimiento a su esfuerzo.

 


El maestro Lucho Cueto

 

Este transcurrir ha sido un permanente aprendizaje. El destino le dio la mano para que puedan cruzarse en su camino grandes maestros que entendieron su arte y la forma en que se expresa, debiendo haber sido una de las tareas más difíciles que el ser humano encuentra. Llegó premunido solamente de su talento, es decir, despojado de aureolas de colores que confunden y con la humildad de un monje franciscano. Optó por seguir estudiando para esperar encontrar la ansiada oportunidad, como aquel alumno que sale en busca del mítico maestro y se pasa sentado años frente a la puerta del monasterio para poder ilustrarse de los conocimientos de los mayores. Recibió los consejos de diversos genios y llenó su cerebro como esa simbólica taza de te, con las sabias enseñanzas, ansioso de primero sembrar y luego cosechar en su estilo las partituras que la maduración en el tiempo le deparaba, conciente de saberse con innatas condiciones para el titánico esfuerzo desplegado, hecho que hoy le permite difundir su producción, concebida y grabada con un sonido de avant garde .

 

Su natural afinidad con lo afrolatinocaribeñoamericano desde la escuela primaria, ese neologismo que para nosotros significa en la vida diaria la música “salsa”, le permitió, como si fuera una esponja, recoger todas las corrientes que la alimentan y donde si cada una de sus notas fuera de colores, tendríamos en su imaginario pentagrama un arco iris. Ese don que muy pocos poseen y que es tan metafísicamente difícil su descripción, donde en muchos casos las palabras no significan lo real maravilloso, tal como lo visionara don Alejo Carpentier, siendo el elemento vital para su desarrollo, dejando de lado todo para ir hacia el encuentro con su destino, odisea que marca a los hombres con el tatuaje de la perseverancia y la convicción de estar en lo correcto.

 


“Estamos Azúcar” de Black Sugar Sextet

 

INSTRUMENTISTA DE NOTA, LÚCIDO ARREGLISTA

 

Cuando nos contaba sus primeros pasos en La Gran Manzana no imaginamos cuál sería su debut de fuego. Le concertaron una cita a este jovencito recién llegado con el muy destacado instrumentista, el señor Louie Ramírez, y luego de agradecerle que lo recibiera y saludarlo con la admiración evidente, este le ordenó que se sentara al piano y leyera, a la primera, un dificilísimo arreglo que acababa de terminar. Sólo quienes son poseedores de esa innata fortaleza para acatar semejante encargo se saben que el cielo es el límite para ellos y que “tanto llega el cántaro a la fuente que se rompe”, es decir, si uno sigue la dinámica quijotesca enfrascada en este Sancho venido de otras latitudes, la clarinada de su música es como el radar que señala el camino correcto. Instrumentista de nota y lúcido arreglista, Lucho Cueto es un talentoso pianista que domina el único instrumento que no discrimina: las blancas y las negras. Es además poseedor de condiciones innatas para ser solista o trabajar en agrupaciones grandes y con un gran sonido como cuando hace unos años vino al Perú con Las Estrellas de Nueva York y nos dejó embelesados en su gran contrapunto de piano con Ricardo Ray.

 

Recuerdo como hace sesenta años había llegado de Cuba al Harlem hispano un desconocido Chano Pozo y al escucharlo Dizzy Gillespie supo de inmediato que la música, para bien o mal, cambiaría. En concordancia con lo anterior, estos años de fortísimo trabajo, bajo la sombrilla de su esfuerzo, son la constante que demuestra que no hay tarea imposible sino mal trabajada, y de eso Lucho Cueto se ha nutrido para consolidar su empeño. Cuantas noches intemperantes que ponen a prueba la capacidad para resistir ha superado, caminando bajo la lluvia de la feroz competencia sin un paraguas donde guarecerse, ya que “esos golpes tan fuertes yo no sé”, como diría nuestro vate César Vallejo, son la endorfina, ese neurotransmisor producido por el organismo en respuesta a varias situaciones, entre las que se encuentra el dolor. El trajín es descomunal y la tentación para dejarlo todo de lado aflora a cada instante, debiendo tener una voluntad de titanio para que el desaliento a uno no lo lleve al precipicio, esos abandonos espirituales que un duende callejero a uno lo persigue. En especial cuando uno se percata, como todo en la vida, que no se avanza a la velocidad que se estima debiera ser, ya que “solo se hace camino al andar” y con mayor dificultad en la música, que a fin de cuentas es el único alimento del espíritu.

 


Lucho Cueto en su studio con Eddie Montalvo.

 

La carrera de Lucho Cueto es la suma de adversidades ambientales que ha logrado superar a plenitud, baches y desilusiones, que al fin de cuentas, sirven para templarnos. Simultáneamente como pianista de muchos, también iba por su cuenta dilucidando cuál era la ruta que debía tomar sin equivocar el destino. Cada vez fue llamado por diversos pares para cubrir posiciones, mostrando una seriedad y un rigor que se esparció por la ciudad. Pasó por una etapa de “deshielo” que es tener que hacer trabajos que no lo llenaban espiritualmente y que lo confrontaban con su vocación, pero en esta tierra del Señor hay que hacer de todo para demostrar que no hay obstáculo que no se pueda vencer. Entonces se renovó porque también lo ajeno nutre y vitaminiza, ya que enfrentar diversas escuelas y estilos ayudan a templar el carácter, situaciones tan necesarias para definir, como en la pintura, el estilo propio. A lo anterior se suma lo que siempre pregonamos: nadie le puede decir a uno hasta dónde puede llegar.

 

Una síntesis de lo anterior nos permite eslabonar los conceptos de María Elena Mendiola, que al escribir sobre el gran Chucho Valdés dice: “en materia de arte la práctica demuestra que todos aquellos que han obtenido el pasaje a la gloria, lo han logrado no por la cantidad, sino por la calidad, y en el caso de los creadores por el sello distintivo”. Esta sabiduría la trasladamos a nuestro artista, quien con el paso del tiempo, como el vino o el coñac añejado, iremos encontrando sabores y colores que no dudamos seguirán matizando el sabor. De lo anterior resulta, como una ecuación de primer grado a deducir, que para tocar con los integrantes del Black Sugar Sextet hay que poseer una condiciones excepcionales, técnica, acople y mucha calle.

 

En sus diversas presentaciones la ejecución es notable y no pecamos por acción al decir que es fenomenal, ya que demuestra su concepto del piano como instrumento polifónico, ejecutando a veces un típico montuno con la mano izquierda mientras improvisa con la derecha. Maneja las blancas y las negras con la frescura que un niño resuelve la acción con un balón o monta un patín en una escarpada pendiente, desafiando las leyes de la gravedad en su desenvolvimiento. Sabe que la unidad de una agrupación es fundamental para lograr lo que se conoce como afinque y por tanto que el conjunto suene “camión”.

 


Ensayando con la gente de Willie Colón, previo
al Festival Chim Pum Callao 2006.

 

BLACK SUGAR SEXTET: PARA ESCUCHAR, BAILAR Y PENSAR

 

Black Sugar Sextet, cuya compenetración y ejecución bajo la dirección del maestro Lucho Cueto posee una frescura y una flexibilidad que no es común, combina diversos temas de antaño con otros nuevos, llenos de frases geniales que nos hace recordar, con un género que es primo hermano, la versatilidad de Lionel Hampton por un lado y por el otro, el virtuosismo que hace varias décadas significó Carl Tjader, no debiendo ser para nadie una sorpresa el nuevo y sorprendente sonido que alcanza junto a las maravillosas posibilidades que nos ofrece. Así, la cuerda de vientos es reemplazada por el exquisito sonido del vibráfono, este finísimo artefacto que nos transporta a una dulzura que comprime a la agrupación, es grata al oído y pecaminosa en su expresión, al hacernos bailar con el alma en el suspenso de su diáfana sonoridad. El señor Dave Samuels turnándose como si fuese al alimón con Mike Freeman, hacen una labor magistral que nos recuerda al colosal canto de Joe Cuba, el saoco de Carabalí y la efusividad de Son Boricua, situaciones que en otro género como el jazz se le conoce como La Hora del Cóctel en Nueva York, Chicago, Los Ángeles y Las Vegas.

 

Su bajista, el señor José Tabares, es el responsable de encadenar el ritmo con la melodía, encontrando que, con el dominio de su instrumento, nos hace recordar al maestro Israel “Cachao” López de Cuba o al gran Bobby Rodríguez, el eterno acompañante del maestro Tito Puente. Escucharlos al unísono con Carlitos Soto en el bongó, en remembranza al Panteón Yoruba o rumbeando en los Cabildos de Nación Lucumí, es un retroceder hacia la festividad ancestral de los africanos. Su hermano Luisito, es un verdadero reloj de marca y cuando hace los “abaniquitos” nos recuerda el “baqueteo” de El Choricero en los muelles de La Habana de los cincuentas.

 

El trío de vocalistas que lo acompaña, valga el recuerdo, pudieran haber sido parte del mejor frente de cantantes que ha tenido este género, representados en esos íconos que fueron los de la gloriosa Sonora Matancera. El señor José Mangual, de estirpe clásica, tiene tantos galones en el ejercicio de campo como un Mariscal, aparte de ostentar a mucha honra el calificativo de Campanero Mayor. Su vecino Tito Allen tiene un exitoso recorrido con los más grandes, un sonero que en lugar de cuerdas vocales tiene fibras de caña de azúcar que están unidas por unas barras de chocolate que lo hacen único. Kim de los Santos ha vuelto por la puerta grande y nunca podremos olvidar su “ Ángel caído” o el sabroso “ Tomatero” , completando un trío que beneficia al conjunto, muy ensayado y transparente en el color de cada voz.

 


El Black Sugar Sextet en pleno.

 

Finalmente el repertorio es delicioso, sobrio y muy bien estructurado. Los arreglos de célebres versiones, sumadas a las nuevas y los temas de latin jazz, hacen que esta producción aparecida en Nueva York tenga los más felices augurios. Es ternaria, ya que se puede escuchar, bailar y pensar, debiendo saludar gratamente el enorme esfuerzo de Lucho Cueto en toda su elaboración, ya que inclusive se grabó en sus estudios que quedan en el sótano de su casa. Parabienes, mi querido tocayo y mucho “aché” para ti y los tuyos, ya que tener una esposa como Susie y unos hijos frutos del amor, es la consecución del sueño de una familia completa. Muchas gracias por dejar tan bien el nombre del Perú y nosotros a la vez le agradecemos a La Selva de Cemento lo bien que te recibió y lo mucho que te quiere. Paz, bendiciones y cariño por doquier, que el éxito se reflejará en tu magnífico trabajo y en la admiración y respeto que te ganaste entre tus colegas de la música.           ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡SARAVÁ!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

 

 

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